Antes de que leas esto, te quiero explicar por qué aparece en un blog de datos y sistemas de salud pública.

La Dra. Patricia de los Santos Armenta fue mi directora de tesis — la persona que revisó cada hallazgo de mi investigación sobre gobernanza de datos en vigilancia epidemiológica. Cuando leí el texto que escribió sobre su propia investigación doctoral, encontré algo que reconocí de inmediato: no se quedó en implementar una estrategia de enseñanza (la mnemotecnia, una técnica para mejorar la memoria apoyándose en imágenes y asociaciones), sino que midió si realmente funcionaba. Un semestre después, comprobó que sus estudiantes recordaban el 99 % de lo aprendido — no era memorización momentánea, era conocimiento que se quedó.

Esa disciplina de no conformarse con “creo que funcionó” y en cambio preguntar “¿cómo lo compruebo con datos?” es justo el tipo de rigor que a mí me interesa aplicar en sistemas de salud pública: no basta con tener una política o una herramienta, hay que verificar si realmente cumple su propósito.

Aquí su historia, en sus propias palabras.


Por mucho tiempo me he preguntado algo que seguramente muchos docentes y estudiantes también se han preguntado: ¿por qué aprender inglés se nos hace tan difícil?

El inglés es un aprendizaje que muchos queremos lograr, pero aun estudiando, practicando o usando aplicaciones, muchas veces sentimos que no avanzamos.

Como docente de bachillerato y profesora de Inglés, esta situación siempre me ha llamado la atención. Durante mi investigación para obtener el grado de Doctora en Educación, decidí mirar este problema desde otra perspectiva: no quería que mis alumnos solo memorizaran, quería que realmente aprendieran.

Así llegué a la mnemotecnia, una estrategia muy antigua utilizada para mejorar la memoria. No la inventé yo (aunque me hubiera gustado hacerlo), pero me pareció valiosa para el aula. Si la memoria ha sido una herramienta clave desde hace siglos, ¿por qué no usarla en la enseñanza del inglés?

En mi grupo de estudio tuve dos alumnos muy importantes: uno con dislexia y otro con TDAH. Sus experiencias enriquecieron mucho la investigación, porque me hicieron ver el aprendizaje desde otra realidad.

Si aprender inglés ya es difícil para muchos estudiantes, imaginen el reto para quienes enfrentan barreras adicionales de aprendizaje. Esto me llevó a buscar una estrategia más visual, atractiva y significativa.

Ahí entró también la inteligencia artificial. Diseñé tarjetas y materiales con apoyo de IA para captar la atención de los adolescentes y facilitar la comprensión. La idea era simple: convertir las palabras en algo que pudieran imaginar, relacionar y recordar.

Durante un semestre trabajamos con mnemotecnia y estos recursos. El resultado fue muy significativo: los estudiantes aprendieron más de 100 verbos en inglés y pudieron usarlos en frases.

Pero quedaba una duda importante: ¿realmente lo aprendieron o solo lo memorizaron?

La respuesta llegó al siguiente semestre, en un rally de conocimientos. Al preguntarles lo trabajado anteriormente, aproximadamente el 99 % de la información fue recordada.

Ahí confirmé que no era solo memorización momentánea, sino aprendizaje que permanecía. Y para mí, como docente e investigadora, esa fue una de las partes más significativas de todo este proceso.

Mi investigación se convirtió entonces en algo mucho más grande que un requisito para obtener un grado académico. Se convirtió en una experiencia que confirmó una idea en la que creo profundamente:

Los estudiantes sí pueden aprender. Muchas veces lo que necesitamos cambiar no es al estudiante, sino la manera en que le enseñamos.

No todos aprendemos igual, por eso debemos buscar nuevas estrategias, ser creativos y atrevernos a innovar.

Hoy me siento orgullosa no solo del grado de Doctora en Educación, sino de esta aportación que nació de mi vocación docente. La investigación me mostró que la creatividad, la tecnología, la mnemotecnia y una buena guía pueden transformar el aprendizaje.

Yo no inventé la rueda. La mnemotecnia existe desde hace mucho tiempo. Lo que hice fue adaptarla a mis estudiantes y combinarla con herramientas actuales como la inteligencia artificial. Y eso es lo que más me motiva de ser docente: seguir aprendiendo para enseñar mejor.

Creo firmemente que todos podemos aprender, si tenemos la estrategia adecuada, la guía correcta y la oportunidad de intentarlo. Esta experiencia me ha dado logros profesionales y personales, pero sobre todo me ha confirmado algo esencial: vale la pena crear, innovar y no dejar de intentar.

Porque al final, enseñar no es solo transmitir conocimientos: es ayudar a alguien a descubrir que sí puede.


“Porque cuando la educación se une con la creatividad, la tecnología y la vocación, no solo enseñamos contenidos: abrimos caminos para que cada estudiante descubra que aprender sí es posible y que sus capacidades pueden llegar mucho más lejos de lo que imaginaba.”

Dra. Patricia de los Santos Armenta